VENDEDORES
AMBULANTES EN BOGOTÁ
Por
LUISA JIMENA CAPACHO NARANJO - 2239203
La
venta ambulante, conocida técnicamente desde el ámbito identificado por la
Cámara de Comercio como “el Comercio Informal”, se constituye como un problema
de índole socio-económico y contaminante para las ciudades capitales e
intermedias, toda vez que afecta los ingresos de los establecimientos
legalmente constituidos bajo la norma, en condiciones de vendedores como de
compradores. Así mismo, es visto como un contaminante visual y auditivo,
invasores del espacio público y comercializadores de artículos de mala o
regular calidad, muchas veces producto de actividades ilícitas como el
contrabando.
Quienes
ejercen esta actividad, producto de las necesidades básicas constituyéndose en
la única salida para sufragarlas y la ausencia de oportunidades laborales formales,
han visto a Bogotá como la ciudad de las oportunidades y en donde hay cliente
para todo, estando presentes en todos lados desde tiempos inmemorables en la
capital colombiana siendo parte de sus escenas más llamativas pero también
siendo objeto de problema que cada vez suele ser más preocupante.
Su
surgimiento fue cuando empezaban a vender velas y empanadas; luego azúcar, hierba
mate, ropa interior para hombres y mujeres, cosechas, ropa, etc.; a estos le
llamaban mercachifle que eran de nacionalidad turca. Ellos solían vender a
finales del mes en carretas tiradas a caballos donde llevaban su mercancía, en
ese tiempo se consideraba como un trabajo común y corriente. Sin embargo hoy en
día se ha convertido en una problemática donde algunos pagan comparendo a la
policía con la típica excusa (la cual escucho mucho por ahí) de que invaden el
espacio público, aunque en parte sea cierto por la forma en cómo se ubican.
Volviendo
a lo anterior, al principio solían vender todo tipo de cosas en espacios públicos,
ahora se dedican a vender más alimentos como los churros, los patacones,
frutas, vegetales, empanadas, jugos, entre otros. Aunque hay pocos vendedores
ambulantes que aun venden ropa y accesorios, además libros y estos se
encuentran en la calle 53 en Galerías de Bogotá que es el lugar donde yo vivo
actualmente.
Estos
días me he tomado el tiempo de caminar por esa zona y hablar con algunas de esas
personas, con la curiosidad de saber por qué se dedican a vender en las calles,
escuchando respuestas como: un muchacho que vende libros con precios
económicos, se dedica a esto porque es estudiante de una universidad y lo hizo
por la necesidad de seguir pagando sus estudios ya que su familia ha tenido
problemas económicos. Otro caso fue un señor, de edad avanzada, lo hace porque
no ha podido conseguir trabajo y con la necesidad de poder mantener a su
familia. Con un amigo seguimos caminando por esa zona y nos encontramos un
payaso dando a caritas felices a algunas personas que iban caminando
desprevenidamente por el sector, con la intención de regalarles una sonrisa,
pero también de recibir algo de dinero. Hablamos con él, nos dijo que es
animador de fiestas para niños y que lamentablemente no ha podido conseguir
empleo, pero aun así para poder seguir manteniéndose, pasa por las calles a
animar a los peatones, y si es posible, que alguno le interese y le ofrezca un
trabajo.
Los
vendedores ambulantes o informales que comercializan productos (bienes o
servicios) se dirigen principalmente a lugares residenciales, en movimiento
(por ejemplo autos, buses, camiones, etc.), usuarios de establecimientos de
prestación de servicios tales como educacionales, salud, penitenciarios etc.; y
más que todo en zonas comerciales, recibiendo el dinero en efectivo y sin
ninguna factura o contrato. A parte de la calle 53, ha habido una gran variedad
de vendedores ambulantes en el Portal del Norte, Avenida Jiménez, Usaquén,
Ricaurte, Toberín, calle 100, calle 127 y calle 72.
Esto
suele ser preocupante porque se puede evidenciar que hay muchas personas que no
tienen ningún empleo y que pasan por dificultades económicas, no teniendo otra
opción que tomar laboral; de igual manera, se han aprovechado algunas personas
de este medio, para delinquir, vendiendo estupefacientes o sirviendo de
receptadores (comprar y vender elementos producto de hurto), como lo visto en
sectores de Chapinero, Teusaquillo, Germania, Avenida 19 y el centro de Bogotá
D.C., entre las calles 19 a 1a 1ª. y las carreras séptima hasta la 14,
reconocida como “la Caracas”, estigmatizándose aún más, esta actividad
laboral; pero lo más complejo de todo, es que dicha actividad no está permitido,
ya que la Ley 1801 de 2016 o “Nuevo Código Nacional de Policía y Convivencia”,
la define como una de las conductas contrarias a la convivencia,
estableciéndose como una de las actividades del orden social para los
Secretarios de Gobierno desde la oficina encargada de garantizar el desalojo del espacio público invadido por
estos informales comerciantes y la Policía Nacional, el despeje de los andenes,
los semáforos, los parques, las entradas de los colegios y universidades y
demás lugares que han sido tomados, impidiendo la fácil locomoción de los
transeúntes, pero entendido por estos informales comerciantes como una
violación al derecho del trabajo.
Las
administraciones municipales y gubernamentales son conscientes de esta
problemática. Por tal motivo, han realizado proyectos de reubicación para
formalizar las ventas informales, dándole mayor estabilidad, solidez y dignidad
a lo que realizan, dándoseles la oportunidad de tener empleo en lugares
cómodos, evitándose caer en la invasión en diferentes lugares, convirtiéndose
muchas veces en focos críticos de inseguridad en donde se ocultan delincuentes
como “raponeros” y grupos o redes de “mafiosos” capaces de cobrarles a estos
humildes comerciantes hasta dos millones de pesos para “autorizarles el espacio
público” y algunos de ellos de apropiarse y cobrar hasta por 20 lugares, según
informe del diario EL TIEMPO con fecha 18 de febrero del presente año.
Sin
embargo, mientras se le da la oportunidad de formalizar su actividad económica,
no tienen más opción que continuar con sus ventas ambulantes e informales, como
única salida para poder mantenerse y ganar algún dinero de una forma honrada,
pero de todas maneras sin dejar de ser ilegales.
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